El estigma social sobre el cuidado de la salud mental

El estigma social sobre el cuidado de la salud mental

Gracias a la cuarentena, la piscología es una de las profesiones más solicitadas después de la asistencia médica, por obvias razones.  El confinamiento nos ha empujado a buscar nuestros propios espacios privados, sin ser juzgadas para, de hecho, tener análisis más asertivos sobre nuestros comportamientos, pero aun en plena cuarentena, ¿todavía se sigue manteniendo el estigma social? ¿Acaso tener sesiones con tu terapeuta es algo tan terrible como se cree?

Las consecuencias de alimentar el estigma son a largo plazo

Hace algunos años, la creencia de tener que ir a la psicóloga parecía más un castigo que una superación personal, y dicho estigma crecía aún más cuando la persona revelaba que asistía. Al parecer, su pequeño espacio libre de prejuicios terminaba siendo una condena para quien buscaba liberar un poco de la constante presión social por ser “perfecta”. Pese a que hoy en día esta creencia peyorativa disminuyó bastante gracias al aislamiento social, todavía hay gente reacia a abrazar la idea de necesitar a una profesional de la salud mental porque, en cierta forma, descalificaría intelectualmente y emocionalmente a esa persona. Seguir alimentando este pensamiento sólo provocará que interiorice estereotipos y prejuicios que sólo la llevarán a autodiscriminarse, dudar de su capacidad y en muchos casos bajo autoestima. También la culpa es un factor que predomina ya sea por las propias dificultades psicológicas como también por los efectos del estigma; es una paradoja que jamás termina ya que hablar de temas psicológicos se convierte en un tema tabú.

Aunque en países de la Unión Europea se trata de dejar atrás dicho estigma, en muchos de Latinoamérica se sigue alimentando esta vieja costumbre de no tener tu propio terapeuta. Una pregunta bastante lógica es ¿de dónde proviene este arcaico pensamiento?

El origen del estigma: La aceptación

El problema mayúsculo del estigma es el tema de la aceptación: las personas con problemas psicológicos o con patologías diagnosticadas con frecuencia recibían un ardiente rechazo por parte de la sociedad y en otras circunstancias hasta bullying (acoso). Este hecho se da a lugar por quienes no quieren aceptar que ese problema psicológico podría afectarles también. Tales problemas son visto como “fallas”, por lo que automáticamente se etiqueta a esa persona como “fallada” y algo disfuncional no es aceptado. Sin embargo, estamos hablando de personas, no de objetos.

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Según Goffman, autor y sociólogo canadiense, este estigma surge del desconocimiento, prejuicios y a la vez miedo. Este miedo se origina gracias al papel fundamental que cumple la sociedad en todo esto: La Jueza Caritativa que juzga todo el tiempo sin ánimo de lucro simplemente para señalar errores o fallas que no deben volver a ser cometidos, pero ¿a qué costo? ¿Cuál es el límite?

Por otro lado, Silvia Yankelevich, psicóloga clínica y psicoanalista argentina, ha aportado bastante a la lucha por acabar con este estigma – “Puede que el psicoanálisis haya sustituido en aspectos simbólicos el ideal religioso y el lugar del Padre sin ser, obviamente, una creencia”, aclara. “El discurso del paciente se escucha como un pentagrama que hay que descifrar. Cada paciente tiene su música. Y sus silencios”, reafirma haciendo hincapié en hacer seguimientos psicológicos para la manutención mental de la paciente.

No todas las terapeutas encajan con tu persona

Es un mito decir que “ir a la psicóloga no te resolverá ningún conflicto”, sin lugar a dudas. Por otro lado, también es un mito creer que cualquier psicóloga encaja con tu persona. Es importante tener en cuenta que la profesional de la salud mental es además una persona cargada con emociones, valores, opiniones y sobre todo experiencias personales. Esto no quiere decir que durante la sesión no pueda dejar de lado su opinión no profesional, de hecho, todo lo contrario. No obstante, en algunos casos la psicóloga deja de ser una ayuda asertiva cuando los factores por analizarse se hayan contaminados con los propios prejuicios culturales de la profesional. Sumando esto, el diagnóstico que se le puede llegar a hacer a la paciente termina siento completamente erróneo por un contexto manoseado.  Por eso, es casi indispensable identificar lo que está mal y está bien dentro de una antes de someterse abiertamente y confiar en el juicio de alguien más, pero ¿cómo es posible saber lo que está mal y bien dentro de nosotras cuando, en realidad, para eso vamos a la psicóloga?

La psicóloga no es la única que debe analizar

Antes que nada, la psicóloga es una persona como todas nosotras y, por ello, debemos cerciorarnos de quién está entrando en nuestra cabeza. Primero, es crucial saber la edad o, al menos, la generación a la que pertenece la terapeuta – ¿por qué? ¿eso realmente importa? ¡En efecto! No siempre este factor afectará el análisis, pero cabe destacar que en algunos casos se sigue manteniendo un pensamiento arcaico sobre las dificultades de la paciente, lo que en definitiva lleva a un diagnóstico erróneo. La diferencia generacional abismal no debe ser un impedimento, pero si notamos que nuestras costumbres colisionan, es una clara señal de que tal vez tengamos que cambiar a nuestra psicóloga, ya que a veces puede que empeoren el estado de la paciente al cargar su diagnóstico con punto de vistas forjados por una diferente ola generacional.

En segundo lugar, el género: muchas personas prefieren elegir profesionales del sexo opuesto, otras del mismo género y algunas simplemente no lo consideran una prioridad. Sin embargo, no hay que olvidarse que la premisa “género” yace bajo el foco de estudio hoy en día gracias a las primeras sufragistas y al feminismo de la segunda ola. Esto quiere decir que gran parte de la psicología como ciencia fue concebida bajo la mirada del machismo y, pese a que en la actualidad muchas concepciones se fueron deconstruyendo, todavía existe resiliencia por parte de profesionales que siguen reproduciendo un discurso anticuado que, en definitiva, no aporta nada positivo.

Asimismo, puede resultar difícil para una paciente mujer sentir empatía por parte de un psicólogo hombre cuyas experiencias como individuos no concuerdan. La sociedad misma hace hincapié en diferenciar al hombre de la mujer de una manera muy severa y muchas veces esta sintonía comprensiva que debería haber por parte de un psicólogo hombre hacia la complicación psicológica de la mujer no se da a lugar. La ciencia psicológica se fue deconstruyendo a lo largo de los años, pero no del todo. Por ello, es esencial buscar a una profesional que rompa con el antiguo mandato y con estos estereotipos.

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En tercer lugar, el espacio durante la sesión psicológica debe ser libre de prejuicios; para que nos sintamos con total libertad de ser quienes somos o, en su defecto, de poder encontrarnos con nosotras mismas. A su vez, el tiempo es otro factor importante: la duración de nuestro espacio debe ser bien medido. Por lo general, se estipula que una sesión terapéutica tiene una duración de 45 a 50 minutos. En algunos casos se puede extender a 60 minutos si la ocasión lo sugiriese, pero hay que tener cuidado con las profesionales que sólo nos están monetizando cada minuto que transcurre. En las peores circunstancias, hay psicólogas que hacen durar nuestra sesión sólo 30 minutos y eso no es suficiente.

Siempre es necesario tener una psicóloga de confianza

Ir a terapia y tener un seguimiento del estado anímico es un requisito indispensable no sólo por el confinamiento debido a la cuarentena sino también porque, en la mayoría de las situaciones, hemos sufrido maltratos psicológicos, violencias simbólicas o sucesos traumáticos que no podemos superar. Tener una buena psicóloga equivale a tener una excelente manutención psíquica. Al igual que con las computadores, nuestro cerebro necesita desfragmentarse  y sanar heridas para así poder continuar en la vida.

sofia.hourcle

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